EL AMANTE JAPONÉS - Isabel ALLENDE. 18/ Resurrección.
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Resurrección.
Un par de semanas antes de graduarse, Alma llamó a Nathaniel a San Francisco para organizar los detalles del viaje de los Belasco a Boston.
Era la primera mujer de la familia que iba a tener un título universitario y el hecho de que fuera en Diseño e Historia del arte, disciplinas relativamente oscuras, no le quitaba mérito.
Incluso Martha y Sarah asistirían a la ceremonia, en parte porque pensaban seguir a Nueva York a hacer compras,.
pero su tío Isaac estaría ausente; su cardiólogo le había prohibido subirse a un avión.
El tío se disponía para desobedecer la orden porque Alma estaba más anclada en sus afectos que sus propias hijas, pero Lillian no se lo permitió.
En la conversación con su primo, Alma le comentó de pasada que hacía varios días que tenía la impresión de ser espiada.
No le atribuía mayor importancia, dijo, seguramente eran sobresaltos de su imaginación, estaba nerviosa con los exámenes finales, pero Nathaniel insistió en conocer los detalles.
Un par de llamadas telefónicas anónimas en las que alguien —una voz masculina con acento extranjero— preguntó si era ella y enseguida cortó;.
la incómoda sensación de ser observada y seguida;.
un hombre que había hecho indagaciones sobre ella entre sus compañeras y, por la descripción que sus amigas le dieron, parecía ser el mismo que ella había visto varias veces, días antes en una clase, en los pasillos, en la calle.
Nathaniel, con su suspicacia de abogado, le aconsejó que advirtiera por escrito a la policía del campus, como medida legal de precaución: si algo sucedía, habría constancia de sus sospechas.
También le ordenó que no saliera sola de noche.
Alma no le hizo caso.
Era la temporada de fiestas extravagantes en que los estudiantes se despedían de la universidad.
Entre música, alcohol y baile, a Alma se le olvidó la sombra siniestra que había imaginado, hasta el viernes anterior a su graduación.
Había pasado buena parte de la noche en una fiesta desmadrada, bebiendo demasiado y manteniéndose de pie con cocaína, dos cosas que toleraba mal.
A las tres de la madrugada, un ruidoso grupo de jóvenes en un coche descapotable la dejó frente a su dormitorio.
Tambaleándose, desgreñada y con los zapatos en la mano, Alma buscó la llave en su cartera, pero no alcanzó a encontrarla antes de caer de rodillas, vomitando hasta que no le quedó nada dentro.
Las arcadas secas continuaron por largos minutos, mientras le corrían lágrimas por la cara.
Por fin trató de levantarse, empapada de transpiración, con espasmos en el estómago, tiritando y gimiendo de desolación.
De pronto, un par de garras se le clavaron en los brazos y se sintió alzada del pavimento y sostenida de pie.
«¡Alma Mendel, debería darte vergüenza!».
No reconoció la voz del teléfono.
Se dobló, vencida de nuevo por las náuseas, pero las garras la apretaron con más firmeza.
«¡Suélteme, suélteme!», masculló, pataleando.
Una palmada en la cara le devolvió por un instante algo de sobriedad y pudo ver la forma de un hombre, un rostro oscuro cruzado de rayas como cicatrices, un cráneo afeitado.
Inexplicablemente, sintió un tremendo alivio, cerró los ojos y se abandonó a la desgracia de la borrachera y la incertidumbre de hallarse en el abrazo férreo del desconocido que acababa de golpearla.
A las siete de la mañana del sábado, Alma despertó envuelta en una tosca frazada, que le arañaba la piel, en el asiento trasero de un coche.
Olía a vómito, orina, cigarrillo y alcohol.
No sabía dónde estaba y no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior.
Se sentó y trató de acomodarse la ropa, entonces se dio cuenta de que había perdido el vestido y la enagua, estaba en sostén, bragas y portaligas, con las medias rotas, descalza.
Campanas despiadadas le repicaban dentro de la cabeza, tenía frío, la boca seca y mucho miedo.
Volvió a echarse, encogida, quejándose y llamando a Nathaniel.
Momentos más tarde sintió que la remecían.
Abrió los párpados a duras penas y, tratando de enfocar la vista, distinguió la silueta de un hombre, que había abierto la portezuela y se inclinaba sobre ella.
—Café y aspirinas. Esto te va a ayudar un poco —le dijo, pasándole un vaso de papel y dos píldoras.
—Déjeme, tengo que irme —replicó ella, con la lengua rasposa, tratando de incorporarse. —No puedes ir a ninguna parte en estas condiciones.
Tu familia va a llegar dentro de unas horas.
La graduación es mañana.
Tómate el café.
Y en caso de que quieras saberlo, soy tu hermano Samuel.
Así resucitó Samuel Mendel, once años después de haber muerto en el norte de Francia.
Después de la guerra, Isaac Belasco había obtenido pruebas fehacientes de la suerte que corrieron los padres de Alma en un campo de exterminio de los nazis, cerca del pueblo de Treblinka, al norte de Polonia.
Los rusos no documentaron la liberación del campo, como habían hecho los americanos en otras partes, y oficialmente se sabía muy poco de lo ocurrido en ese infierno,.
pero la Agencia Judía calculaba que allí habían perecido ochocientas cuarenta mil personas, entre julio de 1942 y octubre de 1943, ochocientas mil de las cuales eran judías.
En cuanto a Samuel Mendel, Isaac averiguó que su avión fue derribado en la zona de Francia ocupada por los alemanes y, de acuerdo con los registros militares británicos, no hubo sobrevivientes.
Por entonces, Alma llevaba muchos años sin saber de su familia y los había dado por muertos bastante antes de que su tío se lo confirmara.
Al enterarse, Alma no lloró por ellos como cabía esperar, porque durante esos años había practicado tanto el control de sus sentimientos que había perdido la habilidad para expresarlos.
Isaac y Lillian consideraron necesario dar clausura a esa tragedia y llevaron a Alma a Europa.
En el cementerio de la aldea francesa, donde cayó el avión de Samuel, pusieron una placa recordatoria con su nombre y las fechas de su nacimiento y su muerte.
No consiguieron autorización para visitar Polonia, controlada por los soviéticos; esa peregrinación la realizaría Alma mucho más tarde.
La guerra había terminado cuatro años atrás, pero todavía Europa estaba en ruinas y vagaban masas de gente desplazada, buscando una patria.
La conclusión de Alma fue que no le bastaría una sola vida para pagar el privilegio de ser la única sobreviviente de su familia.
Sacudida por la declaración del desconocido que decía ser Samuel Mendel, Alma se irguió en el asiento del coche y se tragó el café y las aspirinas en tres sorbos.
Aquel hombre no se parecía al joven de mejillas rubicundas y expresión juguetona que ella había despedido en el muelle de Danzig.
Su verdadero hermano era ese recuerdo borroso y no el individuo que tenía delante, enjuto, seco, de ojos duros y boca cruel,.
la piel quemada por el sol y la cara marcada por profundas arrugas y un par de cicatrices.
—¿Cómo puedo saber que eres mi hermano?
—No puedes. Pero yo no estaría perdiendo mi tiempo contigo si no lo fuera.
—¿Dónde está mi ropa?
—En la lavandería. Estará lista dentro de una hora.
Tenemos tiempo para hablar.
Samuel le contó que lo último que vio cuando derribaron su avión fue el mundo desde arriba, girando y girando . No llegó a lanzarse en paracaídas, de eso estaba seguro, porque entonces lo habrían descubierto los alemanes,.
y no podía explicar claramente cómo se salvó de perecer al estrellarse e incendiarse la máquina.
Suponía que fue expulsado de su asiento en la caída y aterrizó en las copas de los árboles, donde quedó colgando.
La patrulla enemiga encontró el cuerpo de su copiloto y no buscó más.
A él lo rescataron un par de miembros de la resistencia francesa, con muchos huesos rotos y amnésico;.
al comprobar que estaba circuncidado lo entregaron a un grupo de la resistencia judía.
Lo escondieron durante meses en cuevas, establos, subterráneos, fábricas abandonadas y casas de gente bondadosa dispuesta a ayudarlo, cambiándolo de un sitio a otro con frecuencia,.
hasta que se le soldaron los huesos partidos, dejó de ser una carga y pudo incorporarse al grupo como combatiente.
La neblina que le ofuscaba la mente tardó mucho más en disiparse que los huesos en curarse.
Por el uniforme que llevaba cuando lo encontraron, sabía que venía de Inglaterra.
Entendía inglés y francés, pero respondía en polaco; pasarían meses antes de que recuperara los otros idiomas que dominaba.
Como no sabían su nombre, sus compañeros lo apodaron Caracortada, por las cicatrices, pero él decidió llamarse Jean Valjean, como el protagonista de la novela de Víctor Hugo, que había leído durante su convalecencia.
Luchó con sus compañeros en una guerra de escaramuzas que parecía sin destino.
Las fuerzas alemanas eran tan eficientes, su orgullo tan monumental, su sed de poder y de sangre tan insaciable, que las acciones de sabotaje del grupo de Samuel no lograban rascar la coraza del monstruo.
Vivían en la sombra, moviéndose como ratas desesperadas, con una sensación constante de fracaso e inutilidad, pero seguían adelante, porque no había alternativa.
Se saludaban con una sola palabra: victoria.
Se despedían de la misma forma: victoria.
El final era previsible: capturado durante una acción, fue enviado a Auschwitz.
Al final de la guerra, después de sobrevivir al campo de concentración, Jean Valjean logró embarcar clandestinamente hacia Palestina,.
donde llegaban oleadas de refugiados judíos, a pesar de Gran Bretaña, que controlaba la región y procuraba impedirlo para evitar un conflicto con los árabes.
La guerra lo había transformado en un lobo solitario que no bajaba nunca las defensas.
Se conformaba con amoríos casuales, hasta que uno de ellos, compañera del Mosad, la agencia israelí de espionaje en la que había ingresado, una investigadora minuciosa y atrevida, le anunció que iba a ser padre.
Se llamaba Anat Rákosi y había emigrado de Hungría con su padre, únicos sobrevivientes de una familia numerosa.
Mantenía con Samuel una relación cordial, sin romance ni futuro, que resultaba cómoda a ambos y no habrían cambiado sin el inesperado embarazo.
Anat creía ser estéril a causa del hambre, los golpes, las violaciones y los «experimentos» médicos que había sufrido.
Al comprobar que no era un tumor lo que le abultaba el vientre, sino un niño, lo atribuyó a una broma de Dios.
No se lo dijo a su amante hasta el sexto mes.
«¡Vaya! Yo pensaba que por fin estabas engordando un poco», fue el comentario de él, pero no pudo disimular el entusiasmo.
«Lo primero será averiguar quién eres, para que esta criatura sepa de dónde proviene.
El apellido Valjean es melodramático», replicó ella.
Él había ido postergando año a año la decisión de buscar su identidad, pero Anat se puso a la tarea de inmediato,.
con la misma tenacidad con que descubría para el Mosad los escondites de los criminales nazis, que habían escapado a los juicios de Nuremberg.
Empezó por Auschwitz, el último paradero de Samuel antes del armisticio, y fue siguiendo el hilo de la historia paso a paso.
Balanceando la panza se fue a Francia a hablar con uno de los pocos miembros de la resistencia judía que aún quedaban en ese país,.
y él la ayudó a localizar a los combatientes que habían rescatado al piloto del avión inglés;.
no fue fácil, porque después de la guerra resultó que todos los franceses eran héroes de la resistencia.
Anat terminó en Londres revisando los archivos de la Real Fuerza Aérea, donde encontró varias fotografías de jóvenes que tenían un parecido con su amante.
No había otra cosa a la cual aferrarse.
Lo llamó por teléfono y le leyó cinco nombres.
«¿Te suena alguno?» le preguntó.
«¡Mendel! Estoy seguro. Mi apellido es Mendel», replicó él, conteniendo apenas el sollozo atorado en la garganta.
—Mi hijo tiene cuatro años, se llama Baruj, como nuestro padre.
Baruj Mendel —le contó Samuel a Alma, sentado a su lado en el asiento trasero del coche.
—¿Te casaste con Anat? —No. Estamos tratando de vivir juntos, pero no es fácil.
—Hace cuatro años que sabes de mí, ¿y hasta ahora no se te ha ocurrido venir a verme? le reprochó Alma.
—¿Para qué iba a buscarte? El hermano que conociste murió en un accidente aéreo. No queda nada del muchacho que se alistó como piloto en Inglaterra.
Conozco la historia, porque Anat insiste en repetirla, pero no la siento mía, es un cuento hueco, sin significado.
La verdad es que no me acuerdo de ti, pero estoy seguro de que eres mi hermana, porque Anat no se equivoca en este tipo de cosas.
—Yo sí me acuerdo de que tuve un hermano que jugaba conmigo y tocaba el piano, pero no te pareces a él.
—No nos hemos visto en años y, ya te lo dije, no soy el mismo.
—¿Por qué has decidido venir ahora?
—No vine por ti, estoy en una misión, pero no puedo hablar de eso. He aprovechado el viaje para venir a Boston porque Anat cree que Baruj necesita una tía.
El padre de Anat murió hace un par de meses.
No queda nadie de la familia de ella ni de la mía, sólo tú.
No pretendo imponerte nada, Alma, sólo quiero que sepas que estoy vivo y que tienes un sobrino.
Anat te mandó esto —dijo.
Le alargó una fotografía a color del niño y sus padres.
Anat Rákosi aparecía sentada, con su hijo en el regazo; una mujer muy delgada, descolorida, de lentes redondos.
Junto a ellos estaba Samuel, también sentado, con los brazos cruzados sobre el pecho.
El niño tenía las facciones fuertes y el pelo ensortijado y oscuro del padre.
Detrás de la foto Samuel había escrito una dirección en Tel Aviv.
—Ven a vernos, Alma, para que conozcas a Baruj —le dijo al despedirse, después de recuperar el vestido de la lavandería y conducirla hasta su dormitorio.
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la incómoda sensación de ser observada y seguida;.
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«¡Alma Mendel, debería darte vergüenza!».
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No reconoció la voz del teléfono.
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«¡Suélteme, suélteme!», masculló, pataleando.
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Olía a vómito, orina, cigarrillo y alcohol.
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Momentos más tarde sintió que la remecían.
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—No puedes.
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—No.
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—¿Para qué iba a buscarte?
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Resurrección.
Un par de semanas antes de graduarse, Alma llamó a Nathaniel a San Francisco para organizar los detalles del viaje de los Belasco a Boston.
Era la primera mujer de la familia que iba a tener un título universitario y el hecho de que fuera en Diseño e Historia del arte, disciplinas relativamente oscuras, no le quitaba mérito.
Incluso Martha y Sarah asistirían a la ceremonia, en parte porque pensaban seguir a Nueva York a hacer compras,.
pero su tío Isaac estaría ausente; su cardiólogo le había prohibido subirse a un avión.
El tío se disponía para desobedecer la orden porque Alma estaba más anclada en sus afectos que sus propias hijas, pero Lillian no se lo permitió.
En la conversación con su primo, Alma le comentó de pasada que hacía varios días que tenía la impresión de ser espiada.
No le atribuía mayor importancia, dijo, seguramente eran sobresaltos de su imaginación, estaba nerviosa con los exámenes finales, pero Nathaniel insistió en conocer los detalles.
Un par de llamadas telefónicas anónimas en las que alguien —una voz masculina con acento extranjero— preguntó si era ella y enseguida cortó;.
la incómoda sensación de ser observada y seguida;.
un hombre que había hecho indagaciones sobre ella entre sus compañeras y, por la descripción que sus amigas le dieron, parecía ser el mismo que ella había visto varias veces, días antes en una clase, en los pasillos, en la calle.
Nathaniel, con su suspicacia de abogado, le aconsejó que advirtiera por escrito a la policía del campus, como medida legal de precaución: si algo sucedía, habría constancia de sus sospechas.
También le ordenó que no saliera sola de noche.
Alma no le hizo caso.
Era la temporada de fiestas extravagantes en que los estudiantes se despedían de la universidad.
Entre música, alcohol y baile, a Alma se le olvidó la sombra siniestra que había imaginado, hasta el viernes anterior a su graduación.
Había pasado buena parte de la noche en una fiesta desmadrada, bebiendo demasiado y manteniéndose de pie con cocaína, dos cosas que toleraba mal.
A las tres de la madrugada, un ruidoso grupo de jóvenes en un coche descapotable la dejó frente a su dormitorio.
Tambaleándose, desgreñada y con los zapatos en la mano, Alma buscó la llave en su cartera, pero no alcanzó a encontrarla antes de caer de rodillas, vomitando hasta que no le quedó nada dentro.
Las arcadas secas continuaron por largos minutos, mientras le corrían lágrimas por la cara.
Por fin trató de levantarse, empapada de transpiración, con espasmos en el estómago, tiritando y gimiendo de desolación.
De pronto, un par de garras se le clavaron en los brazos y se sintió alzada del pavimento y sostenida de pie.
«¡Alma Mendel, debería darte vergüenza!».
No reconoció la voz del teléfono.
Se dobló, vencida de nuevo por las náuseas, pero las garras la apretaron con más firmeza.
«¡Suélteme, suélteme!», masculló, pataleando.
Una palmada en la cara le devolvió por un instante algo de sobriedad y pudo ver la forma de un hombre, un rostro oscuro cruzado de rayas como cicatrices, un cráneo afeitado.
Inexplicablemente, sintió un tremendo alivio, cerró los ojos y se abandonó a la desgracia de la borrachera y la incertidumbre de hallarse en el abrazo férreo del desconocido que acababa de golpearla.
A las siete de la mañana del sábado, Alma despertó envuelta en una tosca frazada, que le arañaba la piel, en el asiento trasero de un coche.
Olía a vómito, orina, cigarrillo y alcohol.
No sabía dónde estaba y no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior.
Se sentó y trató de acomodarse la ropa, entonces se dio cuenta de que había perdido el vestido y la enagua, estaba en sostén, bragas y portaligas, con las medias rotas, descalza.
Campanas despiadadas le repicaban dentro de la cabeza, tenía frío, la boca seca y mucho miedo.
Volvió a echarse, encogida, quejándose y llamando a Nathaniel.
Momentos más tarde sintió que la remecían.
Abrió los párpados a duras penas y, tratando de enfocar la vista, distinguió la silueta de un hombre, que había abierto la portezuela y se inclinaba sobre ella.
—Café y aspirinas. Esto te va a ayudar un poco —le dijo, pasándole un vaso de papel y dos píldoras.
—Déjeme, tengo que irme —replicó ella, con la lengua rasposa, tratando de incorporarse. —No puedes ir a ninguna parte en estas condiciones.
Tu familia va a llegar dentro de unas horas.
La graduación es mañana.
Tómate el café.
Y en caso de que quieras saberlo, soy tu hermano Samuel.
Así resucitó Samuel Mendel, once años después de haber muerto en el norte de Francia.
Después de la guerra, Isaac Belasco había obtenido pruebas fehacientes de la suerte que corrieron los padres de Alma en un campo de exterminio de los nazis, cerca del pueblo de Treblinka, al norte de Polonia.
Los rusos no documentaron la liberación del campo, como habían hecho los americanos en otras partes, y oficialmente se sabía muy poco de lo ocurrido en ese infierno,.
pero la Agencia Judía calculaba que allí habían perecido ochocientas cuarenta mil personas, entre julio de 1942 y octubre de 1943, ochocientas mil de las cuales eran judías.
En cuanto a Samuel Mendel, Isaac averiguó que su avión fue derribado en la zona de Francia ocupada por los alemanes y, de acuerdo con los registros militares británicos, no hubo sobrevivientes.
Por entonces, Alma llevaba muchos años sin saber de su familia y los había dado por muertos bastante antes de que su tío se lo confirmara.
Al enterarse, Alma no lloró por ellos como cabía esperar, porque durante esos años había practicado tanto el control de sus sentimientos que había perdido la habilidad para expresarlos.
Isaac y Lillian consideraron necesario dar clausura a esa tragedia y llevaron a Alma a Europa.
En el cementerio de la aldea francesa, donde cayó el avión de Samuel, pusieron una placa recordatoria con su nombre y las fechas de su nacimiento y su muerte.
No consiguieron autorización para visitar Polonia, controlada por los soviéticos; esa peregrinación la realizaría Alma mucho más tarde.
La guerra había terminado cuatro años atrás, pero todavía Europa estaba en ruinas y vagaban masas de gente desplazada, buscando una patria.
La conclusión de Alma fue que no le bastaría una sola vida para pagar el privilegio de ser la única sobreviviente de su familia.
Sacudida por la declaración del desconocido que decía ser Samuel Mendel, Alma se irguió en el asiento del coche y se tragó el café y las aspirinas en tres sorbos.
Aquel hombre no se parecía al joven de mejillas rubicundas y expresión juguetona que ella había despedido en el muelle de Danzig.
Su verdadero hermano era ese recuerdo borroso y no el individuo que tenía delante, enjuto, seco, de ojos duros y boca cruel,.
la piel quemada por el sol y la cara marcada por profundas arrugas y un par de cicatrices.
—¿Cómo puedo saber que eres mi hermano?
—No puedes. Pero yo no estaría perdiendo mi tiempo contigo si no lo fuera.
—¿Dónde está mi ropa?
—En la lavandería. Estará lista dentro de una hora.
Tenemos tiempo para hablar.
Samuel le contó que lo último que vio cuando derribaron su avión fue el mundo desde arriba, girando y girando
. No llegó a lanzarse en paracaídas, de eso estaba seguro, porque entonces lo habrían descubierto los alemanes,.
y no podía explicar claramente cómo se salvó de perecer al estrellarse e incendiarse la máquina.
Suponía que fue expulsado de su asiento en la caída y aterrizó en las copas de los árboles, donde quedó colgando.
La patrulla enemiga encontró el cuerpo de su copiloto y no buscó más.
A él lo rescataron un par de miembros de la resistencia francesa, con muchos huesos rotos y amnésico;.
al comprobar que estaba circuncidado lo entregaron a un grupo de la resistencia judía.
Lo escondieron durante meses en cuevas, establos, subterráneos, fábricas abandonadas y casas de gente bondadosa dispuesta a ayudarlo, cambiándolo de un sitio a otro con frecuencia,.
hasta que se le soldaron los huesos partidos, dejó de ser una carga y pudo incorporarse al grupo como combatiente.
La neblina que le ofuscaba la mente tardó mucho más en disiparse que los huesos en curarse.
Por el uniforme que llevaba cuando lo encontraron, sabía que venía de Inglaterra.
Entendía inglés y francés, pero respondía en polaco; pasarían meses antes de que recuperara los otros idiomas que dominaba.
Como no sabían su nombre, sus compañeros lo apodaron Caracortada, por las cicatrices, pero él decidió llamarse Jean Valjean, como el protagonista de la novela de Víctor Hugo, que había leído durante su convalecencia.
Luchó con sus compañeros en una guerra de escaramuzas que parecía sin destino.
Las fuerzas alemanas eran tan eficientes, su orgullo tan monumental, su sed de poder y de sangre tan insaciable, que las acciones de sabotaje del grupo de Samuel no lograban rascar la coraza del monstruo.
Vivían en la sombra, moviéndose como ratas desesperadas, con una sensación constante de fracaso e inutilidad, pero seguían adelante, porque no había alternativa.
Se saludaban con una sola palabra: victoria.
Se despedían de la misma forma: victoria.
El final era previsible: capturado durante una acción, fue enviado a Auschwitz.
Al final de la guerra, después de sobrevivir al campo de concentración, Jean Valjean logró embarcar clandestinamente hacia Palestina,.
donde llegaban oleadas de refugiados judíos, a pesar de Gran Bretaña, que controlaba la región y procuraba impedirlo para evitar un conflicto con los árabes.
La guerra lo había transformado en un lobo solitario que no bajaba nunca las defensas.
Se conformaba con amoríos casuales, hasta que uno de ellos, compañera del Mosad, la agencia israelí de espionaje en la que había ingresado, una investigadora minuciosa y atrevida, le anunció que iba a ser padre.
Se llamaba Anat Rákosi y había emigrado de Hungría con su padre, únicos sobrevivientes de una familia numerosa.
Mantenía con Samuel una relación cordial, sin romance ni futuro, que resultaba cómoda a ambos y no habrían cambiado sin el inesperado embarazo.
Anat creía ser estéril a causa del hambre, los golpes, las violaciones y los «experimentos» médicos que había sufrido.
Al comprobar que no era un tumor lo que le abultaba el vientre, sino un niño, lo atribuyó a una broma de Dios.
No se lo dijo a su amante hasta el sexto mes.
«¡Vaya! Yo pensaba que por fin estabas engordando un poco», fue el comentario de él, pero no pudo disimular el entusiasmo.
«Lo primero será averiguar quién eres, para que esta criatura sepa de dónde proviene.
El apellido Valjean es melodramático», replicó ella.
Él había ido postergando año a año la decisión de buscar su identidad, pero Anat se puso a la tarea de inmediato,.
con la misma tenacidad con que descubría para el Mosad los escondites de los criminales nazis, que habían escapado a los juicios de Nuremberg.
Empezó por Auschwitz, el último paradero de Samuel antes del armisticio, y fue siguiendo el hilo de la historia paso a paso.
Balanceando la panza se fue a Francia a hablar con uno de los pocos miembros de la resistencia judía que aún quedaban en ese país,.
y él la ayudó a localizar a los combatientes que habían rescatado al piloto del avión inglés;.
no fue fácil, porque después de la guerra resultó que todos los franceses eran héroes de la resistencia.
Anat terminó en Londres revisando los archivos de la Real Fuerza Aérea, donde encontró varias fotografías de jóvenes que tenían un parecido con su amante.
No había otra cosa a la cual aferrarse.
Lo llamó por teléfono y le leyó cinco nombres.
«¿Te suena alguno?» le preguntó.
«¡Mendel! Estoy seguro. Mi apellido es Mendel», replicó él, conteniendo apenas el sollozo atorado en la garganta.
—Mi hijo tiene cuatro años, se llama Baruj, como nuestro padre.
Baruj Mendel —le contó Samuel a Alma, sentado a su lado en el asiento trasero del coche.
—¿Te casaste con Anat? —No. Estamos tratando de vivir juntos, pero no es fácil.
—Hace cuatro años que sabes de mí, ¿y hasta ahora no se te ha ocurrido venir a verme? le reprochó Alma.
—¿Para qué iba a buscarte? El hermano que conociste murió en un accidente aéreo. No queda nada del muchacho que se alistó como piloto en Inglaterra.
Conozco la historia, porque Anat insiste en repetirla, pero no la siento mía, es un cuento hueco, sin significado.
La verdad es que no me acuerdo de ti, pero estoy seguro de que eres mi hermana, porque Anat no se equivoca en este tipo de cosas.
—Yo sí me acuerdo de que tuve un hermano que jugaba conmigo y tocaba el piano, pero no te pareces a él.
—No nos hemos visto en años y, ya te lo dije, no soy el mismo.
—¿Por qué has decidido venir ahora?
—No vine por ti, estoy en una misión, pero no puedo hablar de eso. He aprovechado el viaje para venir a Boston porque Anat cree que Baruj necesita una tía.
El padre de Anat murió hace un par de meses.
No queda nadie de la familia de ella ni de la mía, sólo tú.
No pretendo imponerte nada, Alma, sólo quiero que sepas que estoy vivo y que tienes un sobrino.
Anat te mandó esto —dijo.
Le alargó una fotografía a color del niño y sus padres.
Anat Rákosi aparecía sentada, con su hijo en el regazo; una mujer muy delgada, descolorida, de lentes redondos.
Junto a ellos estaba Samuel, también sentado, con los brazos cruzados sobre el pecho.
El niño tenía las facciones fuertes y el pelo ensortijado y oscuro del padre.
Detrás de la foto Samuel había escrito una dirección en Tel Aviv.
—Ven a vernos, Alma, para que conozcas a Baruj —le dijo al despedirse, después de recuperar el vestido de la lavandería y conducirla hasta su dormitorio.