Los campesinos hicieron poco caso al técnico, porque
parecía un alfeñique de ciudad y era evidente que jamás había tenido un arado
en las manos, pero de todos modos celebraron su visita abriendo las sagradas
bodegas del antiguo patrón, saqueando sus vinos añejos y sacrificando los
toros reproductores para comer las criadillas con cebolla y cilantro.
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