Así se le pasó la juventud y entró en la madurez, resignada a
que los únicos momentos de placer eran cuando salía disimuladamente con su
mejor ropa, su perfume y las enaguas de mujerzuela que a Pedro Tercero
cautivaban y que ella escondía, arrebolada de vergüenza, en lo más secreto de
su ropero, pensando en las explicaciones que tendría que dar si alguien las
descubría.
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