Para Alba, que había vivido hasta
entonces sin oír hablar de pecados ni de modales de señorita, desconociendo el
límite entre lo humano y lo divino, lo posible y lo imposible, viendo pasar a un
tío desnudo por los corredores dando saltos de karateca y al otro enterrado
debajo de una montaña de libros a su abuelo destrozando a bastonazos los
teléfonos y los maceteros de la terraza, a su madre escabulléndose con su
maletita de payaso y a su abuela moviendo la mesa de tres patas y tocando a
Chopin sin abrir el piano, la rutina del colegio le pareció insoportable.
Discussion