ella se sentaba a la sombra de los ciruelos en el patio de las
monjas, cerraba los ojos y evocaba con total precisión la magnífica realidad de
Pedro Tercero García encerrándola en sus brazos, recorriéndola con sus
caricias y arrancándole de lo más profundo los mismos acordes que podía
sacar a la guitarra.
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