Esos seres encogidos, envueltos
en trapos que se deshacían en hilachas polvorientas, con sus cabezas
descarnadas y amarillas, sus manitas arrugadas, sus párpados cosidos, sus
pelos ralos en la nuca, sus eternas y terribles sonrisas sin labios, su olor a
rancio y ese aire triste y pobretón de los cadáveres antiguos, le revolvían el
alma.
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