Pero
ya no intentaba arrastrarlo al hospital, para que viera el sufrimiento de cerca,
en la esperanza de que la miseria ajena lograra conmover su corazón de pájaro
transeúnte y dejó de invitarlo a las reuniones con los socialistas en la casa de
Pedro Tercero García, en la última calle de la población obrera, donde se
reunían, vigilados por la policía, todos los jueves.
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