Nicolás se aproximó a la cama y trató de recordar a la cimbreante y
morena Amanda, la Amanda frutal y sinuosa de sus encuentros en la oscuridad
de los cuartos cerrados, pero entre las lanas apelmazadas del chal y las sábanas
grises, había una desconocida de grandes ojos extraviados, que lo observaba
con inexplicable dureza.
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