Estas cosas las discutía a solas con su madre, porque era imposible
hacerlo con Esteban Trueba, que perdía rápidamente la paciencia y acababa a
gritos y portazos, porque, como él decía, ya estaba harto de vivir entre puros
locos y lo único que quería era un poco de normalidad, pero había tenido la
mala suerte de casarse con una excéntrica y engendrar tres chiflados buenos
para nada que le amargaban la existencia.
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