En efecto; la capa del señorito de Santa
Cruz tiene un siete tremendo, y debajo de ella asoma la americana con
los ribetes deshilachados, corbata mugrienta, y el cuello de la camisa
de dos semanas... Entonces ella se deja caer sobre él, y le dice con
efusión cariñosa: «Alma mía, yo trabajaré para ti; yo tengo costumbre,
tú no; sé planchar, sé repasar, sé servir... tú no tienes que
trabajar... yo para ti... Con que me sirvas para ir a entregar, basta...
no más.
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