Al ponerse las botas, la rodilla
derecha le dolía como si le metieran por la choquezuela una aguja
caliente, y siempre que se inclinaba, un músculo de la espalda, cuyo
nombre no sabía él, producíale molestia lacerante, que fuera terrible si
no pasara pronto... «¡Qué bajón tan grande, compañero--se decía--, pero
qué bajón!
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