Sobre el labio superior, fino y violado cual los
bordes de una reciente herida, le corría un bozo tenue, muy tenue, como
el de los chicos precoces, vello finísimo que no la afeaba ciertamente;
por el contrario, era quizás la única pincelada feliz de aquel rostro
semejante a las pinturas de la Edad Media, y hacía la gracia el tal bozo
de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita
muy mona, de la cual salían dos o tres pelos bermejos que a la luz
brillaban retorcidos como hilillos de cobre.
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