Y Olmedo lo hacía todo tan al vivo y tan
con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino,
cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y hacía
todos los desatinos que, a su parecer, constituían el rito de perdido;
pues a él se le antojó ser perdido, como otros son masones o caballeros
cruzados, por el prurito de desempeñar papeles y de tener una
significación.
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