De la
pared colgaba una grande y hermosa lámina detrás de cuyo cristal se
veían dos trenzas negras de pelo, hermosísimas, enroscadas al modo de
culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero: _¡Hija mía!_
«¿De quién es ese pelo?» preguntó Jacinta vivamente, y la curiosidad le
alivió por un instante el miedo.
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