Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido
volvió a sus mímicas, y Nicanora, sabiendo que no había más medio de
aplacarle que dar rienda suelta a su insana manía para que el ataque
pasara más pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que allí
habían dejado los chicos, y empujándole por la espalda... «Ya puedes
escabecharnos--le dijo--, anda, anda; estamos allí, en el camarín, tan
agasajaditos... Fuerte, hijo; dale firme y sácanos el mondongo...».
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