Y después, cuando el despejo de su cerebro le hacía
dueño de todas sus triquiñuelas de hombre leído y mundano, no volvió a
salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad
de aquellas que existían dentro de él, como existen los trapos de
colorines en algún rincón de la casa del que ha sido cómico, aunque sólo
lo haya sido de afición.
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