Rocas formidables, olas, playa con
caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos,
helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos
que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas
azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de
pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un
día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su
humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable
fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un
ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban
cumpliendo.
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