Jacinta
iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de
Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a
su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollo
moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban
en la _edad del pavo_, muy lejos de sospechar que su destino les
aproximaría cuando menos lo pensasen.
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