Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo
pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores
a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se
la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor
palabrero con que se embriagaba.
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