Se
hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era
obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con
los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles,
los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las
monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.
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