Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hija
de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidades
que la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de no
tocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes
con que los ángeles se divertían en el Cielo.
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