Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle
para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso
almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I,
y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más,
retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones
de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en
ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer.
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