No quería tres patios, corredores, fuentes roñosas, cuartos oscuros, paredes de
adobe blanqueadas a la cal ni tejas polvorientas, sino dos o tres pisos heroicos,
hileras de blancas columnas, una escalera señorial que diera media vuelta
sobre sí misma y aterrizara en un hall de mármol blanco, ventanas grandes e
iluminadas y, en general, un aspecto de orden y concierto, de pulcritud y
civilización, propio de los pueblos extranjeros y acorde con su nueva vida.
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