Al poco tiempo su apremiante necesidad era notoria, no se calmaba ni
con inmersiones nocturnas en el río, ni con infusiones de canela, ni colocando
piedra lumbre debajo del colchón, ni siquiera con los manipuleos vergonzantes
que en el internado ponían locos a los muchachos, los dejaban ciegos y los
sumían en la condenación eterna.
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