Se desplomó gimiendo que él era el culpable,
por ambicioso y fanfarrón, que nadie lo había mandado a meterse en política,
que estaba mucho mejor cuando era un sencillo abogado y padre de familia,
que renunciaba en ese instante y para siempre a la maldita candidatura, al
Partido Liberal, a sus pompas y sus obras, que esperaba que ninguno de sus
descendientes volviera a mezclarse en política, que ése era un negocio de
matarifes y bandidos, hasta que el doctor Cuevas se apiadó y terminó de
emborracharlo.
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