Desde ese día
monté guardia frente a su casa, paseando la cuadra como perro huacho,
espiando, sobornando al jardinero, metiendo conversación a las sirvientas,
hasta que conseguí hablar con la Nana y ella, santa mujer, se compadeció de
mí y aceptó hacerle llegar los billetes de amor, las flores y las incontables
cajas de caramelos de anís con que intenté ganar su corazón.
Discussion