Allí comí, dormí y escribí durante dos años, sin más
distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos, una ruma de
periódicos atrasados, unos textos en inglés que me sirvieron para aprender los
rudimentos de esa magnífica lengua, y una caja con llave donde guardaba la
correspondencia que mantenía con Rosa.
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