Juanita la larga - Juan Valera (XIX-XX-XIX).
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XIX.


El sermón del padre Anselmo se comentó y se interpretó por todo el lugar en perjuicio de ambas Juanas. Nadie sacó la cara por ellas, salvo el maestro de escuela, aquella noche, en la Casilla.

La Casilla era y es todavía en algunos lugares el Casino y el Ateneo primitivos y castizos.

Por lo general, y así sucedía en Villalegre, la Casilla estaba en sala relativamente cómoda y espaciosa, detrás de la botica. Allí se leían los periódicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba malilla, al tresillo, al truquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la dominó y a las damas.

Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía muy bien los honores del establecimiento, donde concurrían casi todos los personajes del lugar,. a despecho de las mujeres, que eran devotas y que abominaban del boticario,. porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la poco envidiable fama de descreído y materialista. Siempre había permanecido soltero;. tenía una lengua como un hacha, con la que destrozaba las reputaciones;. y en su maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo bizcos, en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona se revelaba cierta diabólica y punzante travesura.

En el pueblo se referían estupendas singularidades sobre sus doctrinas y facultades científicas, sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía y decía era natural,. sino en gran parte por inspiración y con auxilio del demonio;. por lo cual, al hablar de sí propio, declaraba él que, si hubiese Inquisición aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado vivo.
Era dogma suyo que todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia de ellas es más aparente que real y más somera que profunda. Produce la diferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas, ocultando la raíz de su ser,. y que, según sus varios efectos y operaciones ya se llama calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo,.
de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza era el dios de don Policarpo. Por él se jactaba de estar poseído y de ser energúmeno.

Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tenía don Policarpo vara de virtudes;. pero, en cambio, tenía una recia, puntiaguda y larguísima uña en el dedo meñique de la mano derecha,. la cual uña le servía de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de terror cuando la veían, como si viesen la de Satanás en persona. Se decía que el boticario ya magnetizaba, adormecía y sujetaba a su voluntad a las gentes, despidiendo por dicha uña fluido magnético,. ya se electrizaba todo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo, y lanzaba por dicha uña un chorro o penacho de chispas azuladas y luminosas. Y no faltaba quien añadiese, jurando haberlo visto, que sólo con acercar la uña, cuando estaba él bien cargado y saturado de electricidad,. encendía un candil o disparaba un cañoncito muy cuco que se usaba para esta experiencia.

Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en tales afirmaciones;. pero como quiera que fuese, el boticario, aunque aborrecido de las damas,. a lo que debía de contribuir su fealdad nada común, era persona divertida y hospitalaria.

Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o diez tertulianos. No iba el cura por culpa de la impiedad con que allí se hablaba;. pero iban el médico, dos o tres concejales, el propio señor alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestro de escuela.

Don Policarpo comentó el sermón de aquel día con maliciosa agudeza, sosteniendo irónicamente que el padre tenía razón.

--Sí, señores--dijo--; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. El reparto se ha hecho mal y entre pocas personas que se han enriquecido.
La futura revolución tendrá, pues, por objeto apoderarse de otros bienes y repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres.

El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondió de este modo:.

--No es exacto que la revolución haya despojado inicuamente de sus bienes a la Iglesia. Si se los ha expropiado, bien la indemniza. El Estado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pública. Sin embargo, aunque no hubiera tal indemnización, el caso no es idéntico.
Ninguna asociación tiene por sí los derechos radicales e imprescriptibles de los individuos que la componen. El Estado es asociación suprema, a la cual están sometidas las otras, sin que puedan existir en contra suya. Y si el Estado es árbitro de la vida de ellas, ¿cómo no ha de serlo de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el socialismo, yo creo que la civilización propende a extender y afirmar más cada día los derechos individuales. ¿Quién se atreverá a decir hoy, si no está loco rematado, que el Gobierno o el rey, por respetado y poderoso que sea, es señor de vidas y haciendas?

--No nos venga usted con sofismas--interrumpió el boticario--. Si cada uno de los individuos que se asocian tienen singularmente derechos imprescriptibles, incluso el de asociarse,. y si no hay rey ni roque que pueda despojar a nadie a su antojo de la hacienda y de la vida,. ¿cómo se explica que no persista en la suma lo que preexistía aisladamente en cada uno de los sumandos?

Apuradillo se vio el maestro de escuela para impugnar el nuevo argumento del boticario;. pero lo impugnó al fin con razones, si no juiciosas, agudas.

Por dicha, los que estaban allí presentes eran propietarios más o menos ricos, y varios de ellos habían comprado bienes de la Iglesia. Todos, por consiguiente, hallaron que don Pascual discurría mejor que Solón y que Licurgo;. se pusieron de su lado, dejaron al boticario solo, y trataron de sofocar su voz y de aturdirle a fuerza de gritos.

Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimidar fácilmente, pero todos se cansaron de chillar y se pusieron roncos,. terminando por cansancio una disputa en que los extremos se habían tocado y en que la impiedad atea había estado de acuerdo con el más fervoroso catolicismo. Hubo un entreacto: un rato no corto de sosiego. Después recayó de nuevo la conversación sobre el sermón de aquel día, sobre el desenfrenado lujo de las mujeres y sobre las elegancias de Juanita la Larga.

En este punto, el maestro de escuela impugnó igualmente el sermón y defendió con más calor, ahínco y acierto a Juanita.

--Es--decía--una muchacha discreta, honrada y trabajadora. Dios la ha hecho hermosísima, y casi, casi estoy por decir que no sólo tiene derecho, sino que tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar la hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario sería ingratitud para con Dios y desdeñar lo que enseña la parábola de los cinco talentos. Y extraño mucho que ustedes, que han estado conmigo defendiendo la propiedad individual,. se vuelvan ahora contra mí y se pongan del lado de don Policarpo para impugnar dicha propiedad. Pues qué, si Juanita tiene dinero, ¿por qué no ha de gastarlo en cuanto se le antoje y vestirse como una reina? ¿Y qué le falta a ella para ser reina o para ser emperatriz?

Movido el boticario por su espíritu malicioso, e impulsados los demás por el odio y envidia de sus mujeres,. respondían, si no con buen discurso, con desvergüenzas y con burlas a cuanto don Pascual alegaba.

Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza;. Juanita, una moza extraviada que estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas costumbres,. y don Paco, un viejo chinadísimo, a quien hija y madre ponían en ridículo e iban a chupar cuanto poseía.

En lo más recio de la disputa acertó a entrar en la botica el señor don Paco,. y antes de llegar a la trastienda tuvo el disgusto de oír y de comprender los horrores que allí se propalaban.

Todos se callaron, porque cara a cara no querían ofenderle. La herida, con todo, estaba ya hecha. Se dio otro giro a la conversación. Se habló de cosas distintas. Y don Paco halló lo más prudente no dar a entender que había oído, y no traer de nuevo la conversación a tema para él tan enojoso.

A fin de disimular, trató de aparecer sereno y alegre; habló de las novedades políticas;. se congratuló de que don Andrés Rubio acabase de obtener una gran cruz y fuese ya excelentísimo;. y, por último, echó unas cuantas manos de tute con el maestro de escuela.

Embromó al boticario diciendo que no creía en la fuerza electrizadora de su uña;. y el boticario, a fin de convencerle, le prometió que el día menos pensado, cuando estuviese él bien dispuesto,. le llamaría y haría delante de él la experiencia de encender el candil y de disparar el cañonazo.

Don Paco se había reportado, disimulando su pena y su enojo; pero no bien volvió a su casa,. la pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizo crispar los puños como sí estuviese delante algún enemigo a quien dar de puñaladas.

No podía, sin embargo, reñir con la población entera. Su hija era la más culpada, y él la había sufrido. Por más que cavilaba, no veía otro modo de vengarse, de castigar a su hija y. de adquirir el derecho e imponerse el deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su mano y casarse con ella.

¡Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contra Juanita, aunque ella estrenase cada día otro vestido de seda!

Pensó bien en todo, interrogó a su corazón-, y su corazón le respondió que estaba perdidamente enamorado de la muchacha.

Entonces no se paró don Paco en más reflexiones;. fue a su bufete y escribió a la señora doña Juana Gutiérrez (suprimiendo el alias de la _Larga₎. una grave epístola pidiendo en forma la mano de su hija.

Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que le servía al mismo tiempo de criado y ayuda de cámara,. y le encargó que al día siguiente, y muy de mañana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregase en mano propia.


Hecho esto, se acostó y durmió con alguna tranquilidad, como quien ha cumplido un deber,. y con alguna satisfacción, como quien ha puesto una pica en Flandes.




XX.


Juana la Larga se llenó de júbilo cuando, a las siete de la mañana, recibió la carta y la deletreó con no poca fatiga,. porque, si bien sabía leer, no leía de corrido y le estorbaba lo negro.

No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pensó en las dificultades;.
sólo pensó en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, habían alcanzado. Acudió, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo, y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurría.

Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:.

--¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo sepan.

--Pues oye, mamá--contestó Juanita con el mayor reposo--:. yo no quiero que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.

--¿Qué quieres decir con eso, muchacha?

--Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y yo, seríamos los reventados si hiciésemos tal desatino. No lo sufriría doña Inés; y el cura y el cacique,. la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno, caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echarían del lugar a patadas. Y quién sabe si en otro lugar lograríamos, y cuánto tiempo tardaríamos en lograr,. tú la reputación y clientela que aquí tienes, yo tanta costura,. y don Paco el poder que aquí alcanza y su mangoneo provechoso, debido en mucha parte a su capacidad,. pero no menos aún a la sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.

--¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?

--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y además, ni yo estoy enamorada de don Paco, ni él quizá esté enamorado de mí. ¿Para qué el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No comprendes que si me pide es por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la prueba de aprecio que me da;. pero no paso de agradecida y de lisonjeada.
Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje,. y porque las malas lenguas murmuran, piensa él remediar el mal casándose conmigo. Pues entonces la misma razón hay para que contigo se case, porque también de él y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo del herrador,. ya que más y peor han hablado de mis relaciones con él que de mi relaciones con don Paco. Nada, mamá: todo eso es una tontería, o una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero cabal,. aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros chirimbolos que tiene su yerno en el escudo.

--Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que don Paco es todo un caballero, ¿por qué no le tomas por marido?

--Porque no quiero casarme por cálculo;. porque aunque quisiese casarme por cálculo, este cálculo de ahora estaría muy mal hecho, y, sobre todo,.
porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y mi ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su discreción; le oigo hablar con gusto;. pero de esto a desear ser suya y casarme con él hay todavía mucha distancia. No quiero salvarla de un brinco. Aquí, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinación a ir por esa senda, a andar ese camino,. y sabe Dios si lo hubiera andado sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, aún no lo he andado.

--¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo se conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer.
Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que tú desees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes más que Lepe.

--¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que nones?

--¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar la píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Tú irás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecen garrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en desuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo no escribo sino las cuentas.

--Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yo te la iré dictando.

--Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antes de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con la almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo.
Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré, aunque me pese, lo que tú me digas.

Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por mucho que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo,.
según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y verdadera historia, hemos de consignar aquí.

La carta decía como sigue:.

Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos con toda el alma. La niña le quiere a usted mucho y le estima más; pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone.
Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermón vestida como una princesa,. para azuzar más en contra suya a la gente, que ya deseaba morderla. Todo el lugar está ahora sublevado. Mal remedio sería la boda. Aumentarían la sublevación y el motín. Su Hija de usted se pondría a la cabeza. Nosotros no podríamos resistir. Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte.
En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura.
Dice, por último, que ella no manda en su corazón, que la diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de amor, aunque le profesa la amistad más fina. Sería, pues, muy feo de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer su ambición o su vanidad casándose por cálculo,. y también sería muy tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.

Lo mejor y lo más discreto es que ustedes no se casen y que nadie sepa que ha dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si aceptásemos la proposición de usted;. pero también nos odiará y nos declarará más la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo como que desdeñamos a su padre con infundada soberbia. Importa, pues, ocultar todo esto.

Ahí devuelvo a usted su carta. Rásguela y rasgue la mía, a fin de que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda gratitud y mande a su afectísima amiga y constante servidora, q.b.s.m., _Juana Gutiérrez_.



XXI.


Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de la carta,. que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.

Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera sido grande,. pero menor su estimación del valor de Juanita que el que era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que Juanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver que ella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no le amaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Paco estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se oponían a la boda y. que la hacían aparecer a toda juiciosa previsión como fuente de disgustos y de males.


De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de mortificación de amor propio por el desamor de Juanita;. de admiración y aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño hacia ella,. así por la noble franqueza con que exponía las causas que justificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con que procuraba suavizarlo.

Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y la subsiguiente repulsa no llegaran a saberse,. y aunque no tuvo valor para rasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardó ambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.

Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a Juanita,. o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta tibieza,. a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas, ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.

Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o entibiar su fervorosa pasión,. resolvió no volver a poner los pies en casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en la plaza.

Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho de la conversación de don Paco,. se afligía del aislamiento y deploraba el sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma, cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo y la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo,. hacía repetidas veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en el siguiente soliloquio: «Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy a tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor que me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de tonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar, siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición,. aspirando a ocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón.
Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate el querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar la envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía mi súbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarme antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña Inés López de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.
Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yo en casarme con él,. y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía, otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué fin recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces en compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nos daba la real gana,. sin atender a que somos pobres y a que la gana de los pobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sin hallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos.
Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocente que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese y hasta creyese de buena fe mil abominaciones,. excitada por esa chismosa de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella, sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de mamá, y después,. que yo me había apoderado de los dos, de uno para el gusto y del otro para el gasto,. y que yo me estaba comiendo las mil chucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin par chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doña Inés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarse conmigo,. porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos los ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo,. para lo cual importa que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo me sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no le daría hijos,. porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y de Sara no se repite».

Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos, discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba: «Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razón y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Y ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma,. no está bien que me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oído decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre también de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada de volver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales;. y nada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no gane posición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, para tamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio:.
salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde,. con vestidito de percal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia o inocentemente he causado,. y hasta llegar a adquirir reputación de santa».

Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada que estaba, y luego proseguía:.

«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que me complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!, ¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizá sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no escandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior he de parecer como una beata pobre;. mas ¿por qué he de privarme del placer de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de lavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielos santos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oí contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces, la indignación que le causó,. cuando servía en Córdoba a una marquesa, el averiguar, estando él en la cocina,. que llevaban a dicha señora un enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué harías tú--le preguntó una chica--si tu mujer emplease también un lebrillo por el estilo?" "Pues yo--contestó él--agarraría una vara y la pondría negra a varazos, por indecente y por mantesona". Necesario es que yo haga un misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y la mayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he de dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello con el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta,. que, escondida entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos,. no deja conocer que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado olor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recita don Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba una esclavina que no valían un reale; debajo llevaba otra que valía una ciudade.» Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus melancolías y soltaba una carcajada.

--¿De qué te ríes, niña?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de risa lo que nos está sucediendo.

--Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.

Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho, sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.

Pasaron muchos meses.

El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí mismo,. sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la más repentina y milagrosa conversión,. deteniendo a aquella joven y simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.
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Siempre había permanecido soltero;.
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sino en gran parte por inspiración y con auxilio del demonio;.
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de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte.
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Esta fuerza era el dios de don Policarpo.
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Por él se jactaba de estar poseído y de ser energúmeno.
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la cual uña le servía de ordinario como mondadientes.
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No iba el cura por culpa de la impiedad con que allí se hablaba;.
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--Sí, señores--dijo--; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir.
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Si se los ha expropiado, bien la indemniza.
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El Estado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pública.
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--No nos venga usted con sofismas--interrumpió el boticario--.
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pero lo impugnó al fin con razones, si no juiciosas, agudas.
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Hubo un entreacto: un rato no corto de sosiego.
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--Es--decía--una muchacha discreta, honrada y trabajadora.
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¿Y qué le falta a ella para ser reina o para ser emperatriz?
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Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza;.
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Todos se callaron, porque cara a cara no querían ofenderle.
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La herida, con todo, estaba ya hecha.
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Se dio otro giro a la conversación.
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Se habló de cosas distintas.
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No podía, sin embargo, reñir con la población entera.
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Su hija era la más culpada, y él la había sufrido.
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Entonces no se paró don Paco en más reflexiones;.
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una grave epístola pidiendo en forma la mano de su hija.
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y con alguna satisfacción, como quien ha puesto una pica en Flandes.
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Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:.
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--¡Qué victoria!
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Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo sepan.
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--Pues oye, mamá--contestó Juanita con el mayor reposo--:.
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yo no quiero que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.
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--¿Qué quieres decir con eso, muchacha?
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No lo sufriría doña Inés; y el cura y el cacique,.
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Nos echarían del lugar a patadas.
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tú la reputación y clientela que aquí tienes, yo tanta costura,.
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--¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?
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--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos.
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¿Para qué el casorio?
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¿Qué vamos ganando en ello?
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¿No comprendes que si me pide es por un extremo de delicadeza?
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Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la prueba de aprecio que me da;.
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pero no paso de agradecida y de lisonjeada.
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unit 131
Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje,.
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unit 138
--Porque no quiero casarme por cálculo;.
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unit 141
Su trato me deleita; celebro su discreción; le oigo hablar con gusto;.
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unit 143
No quiero salvarla de un brinco.
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unit 146
--¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas!
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unit 149
Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco?
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--¿Y a quién le toca escribir eso?
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unit 153
Creo que debo escribir yo... y dorar la píldora.
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unit 154
Yo no lograré poner el oro con mí pluma.
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unit 155
Tú lo pondrás.
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¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en desuso.
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--Hoy todavía no.
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¿Es acaso puñalada de pícaro?
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¿Quién nos corre?
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unit 164
No es mucho veinticuatro horas de término.
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Hoy no escribo.
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La carta decía como sigue:.
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unit 172
Se lo agradecemos con toda el alma.
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para azuzar más en contra suya a la gente, que ya deseaba morderla.
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Todo el lugar está ahora sublevado.
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Mal remedio sería la boda.
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Aumentarían la sublevación y el motín.
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Su Hija de usted se pondría a la cabeza.
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Nosotros no podríamos resistir.
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unit 181
Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte.
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unit 182
En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura.
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unit 185
y también sería muy tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.
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unit 187
Doña Inés nos odiaría si aceptásemos la proposición de usted;.
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unit 189
Importa, pues, ocultar todo esto.
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Ahí devuelvo a usted su carta.
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XXI.
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unit 195
que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.
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o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta tibieza,.
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He vivido hasta el día desgobernada y muy a tontas y a locas.
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unit 217
Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de tonterías.
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Justo es que las paguemos.
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No debo quejarme.
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Debí darme más tono.
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Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.
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Lo hacíamos porque nos daba la real gana,.
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Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí.
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unit 244
Y ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma,.
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La vida de zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo.
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unit 251
Ahora me conviene seguir por un justo término medio:.
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unit 254
y hasta llegar a adquirir reputación de santa».
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Quizá sea pecado.
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En lo exterior he de parecer como una beata pobre;.
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Mas no por eso he de dejar de ser limpia.
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Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi ropa blanca interior.
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que, escondida entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos,.
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--¿De qué te ríes, niña?--le dijo una vez su madre--.
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Pues no es cosa de risa lo que nos está sucediendo.
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--Sí, mamá; es cosa de risa.
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Mejor es reír que rabiar.
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Pasaron muchos meses.
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XIX.

El sermón del padre Anselmo se comentó y se interpretó por todo el lugar
en perjuicio de ambas Juanas. Nadie sacó la cara por ellas, salvo el
maestro de escuela, aquella noche, en la Casilla.

La Casilla era y es todavía en algunos lugares el Casino y el Ateneo
primitivos y castizos.

Por lo general, y así sucedía en Villalegre, la Casilla estaba en sala
relativamente cómoda y espaciosa, detrás de la botica. Allí se leían los
periódicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba malilla, al tresillo, al
truquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la dominó y a las
damas.

Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía muy bien los honores
del establecimiento, donde concurrían casi todos los personajes del
lugar,. a despecho de las mujeres, que eran devotas y que abominaban del
boticario,. porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la poco
envidiable fama de descreído y materialista. Siempre había permanecido
soltero;. tenía una lengua como un hacha, con la que destrozaba las
reputaciones;. y en su maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo
bizcos, en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona se revelaba
cierta diabólica y punzante travesura.

En el pueblo se referían estupendas singularidades sobre sus doctrinas y
facultades científicas, sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía y
decía era natural,. sino en gran parte por inspiración y con auxilio del
demonio;. por lo cual, al hablar de sí propio, declaraba él que, si
hubiese Inquisición aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado vivo.
Era dogma suyo que todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia de
ellas es más aparente que real y más somera que profunda. Produce la
diferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas,
ocultando la raíz de su ser,. y que, según sus varios efectos y
operaciones ya se llama calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo,.
de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza era el
dios de don Policarpo. Por él se jactaba de estar poseído y de ser
energúmeno.

Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tenía don Policarpo
vara de virtudes;. pero, en cambio, tenía una recia, puntiaguda y
larguísima uña en el dedo meñique de la mano derecha,. la cual uña le
servía de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de terror
cuando la veían, como si viesen la de Satanás en persona. Se decía que
el boticario ya magnetizaba, adormecía y sujetaba a su voluntad a las
gentes, despidiendo por dicha uña fluido magnético,. ya se electrizaba
todo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo, y
lanzaba por dicha uña un chorro o penacho de chispas azuladas y
luminosas. Y no faltaba quien añadiese, jurando haberlo visto, que sólo
con acercar la uña, cuando estaba él bien cargado y saturado de
electricidad,. encendía un candil o disparaba un cañoncito muy cuco que
se usaba para esta experiencia.

Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en tales
afirmaciones;. pero como quiera que fuese, el boticario, aunque
aborrecido de las damas,. a lo que debía de contribuir su fealdad nada
común, era persona divertida y hospitalaria.

Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o diez
tertulianos. No iba el cura por culpa de la impiedad con que allí se
hablaba;. pero iban el médico, dos o tres concejales, el propio señor
alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestro
de escuela.

Don Policarpo comentó el sermón de aquel día con maliciosa agudeza,
sosteniendo irónicamente que el padre tenía razón.

--Sí, señores--dijo--; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. El
reparto se ha hecho mal y entre pocas personas que se han enriquecido.
La futura revolución tendrá, pues, por objeto apoderarse de otros bienes
y repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres.

El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondió de
este modo:.

--No es exacto que la revolución haya despojado inicuamente de sus
bienes a la Iglesia. Si se los ha expropiado, bien la indemniza. El
Estado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pública. Sin
embargo, aunque no hubiera tal indemnización, el caso no es idéntico.
Ninguna asociación tiene por sí los derechos radicales e
imprescriptibles de los individuos que la componen. El Estado es
asociación suprema, a la cual están sometidas las otras, sin que puedan
existir en contra suya. Y si el Estado es árbitro de la vida de ellas,
¿cómo no ha de serlo de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el
socialismo, yo creo que la civilización propende a extender y afirmar
más cada día los derechos individuales. ¿Quién se atreverá a decir hoy,
si no está loco rematado, que el Gobierno o el rey, por respetado y
poderoso que sea, es señor de vidas y haciendas?

--No nos venga usted con sofismas--interrumpió el boticario--. Si cada
uno de los individuos que se asocian tienen singularmente derechos
imprescriptibles, incluso el de asociarse,. y si no hay rey ni roque que
pueda despojar a nadie a su antojo de la hacienda y de la vida,. ¿cómo se
explica que no persista en la suma lo que preexistía aisladamente en
cada uno de los sumandos?

Apuradillo se vio el maestro de escuela para impugnar el nuevo argumento
del boticario;. pero lo impugnó al fin con razones, si no juiciosas,
agudas.

Por dicha, los que estaban allí presentes eran propietarios más o menos
ricos, y varios de ellos habían comprado bienes de la Iglesia. Todos,
por consiguiente, hallaron que don Pascual discurría mejor que Solón y
que Licurgo;. se pusieron de su lado, dejaron al boticario solo, y
trataron de sofocar su voz y de aturdirle a fuerza de gritos.

Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimidar fácilmente, pero todos
se cansaron de chillar y se pusieron roncos,. terminando por cansancio
una disputa en que los extremos se habían tocado y en que la impiedad
atea había estado de acuerdo con el más fervoroso catolicismo. Hubo un
entreacto: un rato no corto de sosiego. Después recayó de nuevo la
conversación sobre el sermón de aquel día, sobre el desenfrenado lujo de
las mujeres y sobre las elegancias de Juanita la Larga.

En este punto, el maestro de escuela impugnó igualmente el sermón y
defendió con más calor, ahínco y acierto a Juanita.

--Es--decía--una muchacha discreta, honrada y trabajadora. Dios la ha
hecho hermosísima, y casi, casi estoy por decir que no sólo tiene
derecho, sino que tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar la
hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario sería ingratitud para con
Dios y desdeñar lo que enseña la parábola de los cinco talentos. Y
extraño mucho que ustedes, que han estado conmigo defendiendo la
propiedad individual,. se vuelvan ahora contra mí y se pongan del lado de
don Policarpo para impugnar dicha propiedad. Pues qué, si Juanita tiene
dinero, ¿por qué no ha de gastarlo en cuanto se le antoje y vestirse
como una reina? ¿Y qué le falta a ella para ser reina o para ser
emperatriz?

Movido el boticario por su espíritu malicioso, e impulsados los demás
por el odio y envidia de sus mujeres,. respondían, si no con buen
discurso, con desvergüenzas y con burlas a cuanto don Pascual alegaba.

Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza;. Juanita,
una moza extraviada que estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas
costumbres,. y don Paco, un viejo chinadísimo, a quien hija y madre
ponían en ridículo e iban a chupar cuanto poseía.

En lo más recio de la disputa acertó a entrar en la botica el señor don
Paco,. y antes de llegar a la trastienda tuvo el disgusto de oír y de
comprender los horrores que allí se propalaban.

Todos se callaron, porque cara a cara no querían ofenderle. La herida,
con todo, estaba ya hecha. Se dio otro giro a la conversación. Se habló
de cosas distintas. Y don Paco halló lo más prudente no dar a entender
que había oído, y no traer de nuevo la conversación a tema para él tan
enojoso.

A fin de disimular, trató de aparecer sereno y alegre; habló de las
novedades políticas;. se congratuló de que don Andrés Rubio acabase de
obtener una gran cruz y fuese ya excelentísimo;. y, por último, echó unas
cuantas manos de tute con el maestro de escuela.

Embromó al boticario diciendo que no creía en la fuerza electrizadora de
su uña;. y el boticario, a fin de convencerle, le prometió que el día
menos pensado, cuando estuviese él bien dispuesto,. le llamaría y haría
delante de él la experiencia de encender el candil y de disparar el
cañonazo.

Don Paco se había reportado, disimulando su pena y su enojo; pero no
bien volvió a su casa,. la pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizo
crispar los puños como sí estuviese delante algún enemigo a quien dar de
puñaladas.

No podía, sin embargo, reñir con la población entera. Su hija era la más
culpada, y él la había sufrido. Por más que cavilaba, no veía otro modo
de vengarse, de castigar a su hija y. de adquirir el derecho e imponerse
el deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su mano
y casarse con ella.

¡Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contra
Juanita, aunque ella estrenase cada día otro vestido de seda!

Pensó bien en todo, interrogó a su corazón-, y su corazón le respondió
que estaba perdidamente enamorado de la muchacha.

Entonces no se paró don Paco en más reflexiones;. fue a su bufete y
escribió a la señora doña Juana Gutiérrez (suprimiendo el alias de la
_Larga₎. una grave epístola pidiendo en forma la mano de su hija.

Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que le servía al mismo tiempo
de criado y ayuda de cámara,. y le encargó que al día siguiente, y muy de
mañana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregase
en mano propia.

Hecho esto, se acostó y durmió con alguna tranquilidad, como quien ha
cumplido un deber,. y con alguna satisfacción, como quien ha puesto una
pica en Flandes.

XX.

Juana la Larga se llenó de júbilo cuando, a las siete de la mañana,
recibió la carta y la deletreó con no poca fatiga,. porque, si bien sabía
leer, no leía de corrido y le estorbaba lo negro.

No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pensó en las dificultades;.
sólo pensó en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, habían
alcanzado. Acudió, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo,
y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurría.

Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:.

--¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo
sepan.

--Pues oye, mamá--contestó Juanita con el mayor reposo--:. yo no quiero
que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.

--¿Qué quieres decir con eso, muchacha?

--Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y yo, seríamos los
reventados si hiciésemos tal desatino. No lo sufriría doña Inés; y el
cura y el cacique,. la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno,
caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echarían del lugar a
patadas. Y quién sabe si en otro lugar lograríamos, y cuánto tiempo
tardaríamos en lograr,. tú la reputación y clientela que aquí tienes, yo
tanta costura,. y don Paco el poder que aquí alcanza y su mangoneo
provechoso, debido en mucha parte a su capacidad,. pero no menos aún a la
sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.

--¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?

--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y además, ni yo
estoy enamorada de don Paco, ni él quizá esté enamorado de mí. ¿Para qué
el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No comprendes que si me pide es
por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la
prueba de aprecio que me da;. pero no paso de agradecida y de lisonjeada.
Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje,. y
porque las malas lenguas murmuran, piensa él remediar el mal casándose
conmigo. Pues entonces la misma razón hay para que contigo se case,
porque también de él y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo
del herrador,. ya que más y peor han hablado de mis relaciones con él que
de mi relaciones con don Paco. Nada, mamá: todo eso es una tontería, o
una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero
cabal,. aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros
chirimbolos que tiene su yerno en el escudo.

--Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que don Paco es todo un
caballero, ¿por qué no le tomas por marido?

--Porque no quiero casarme por cálculo;. porque aunque quisiese casarme
por cálculo, este cálculo de ahora estaría muy mal hecho, y, sobre todo,.
porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad
generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y
mi ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su
discreción; le oigo hablar con gusto;. pero de esto a desear ser suya y
casarme con él hay todavía mucha distancia. No quiero salvarla de un
brinco. Aquí, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinación
a ir por esa senda, a andar ese camino,. y sabe Dios si lo hubiera andado
sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, aún no lo he andado.

--¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo se
conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si
parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer.
Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que tú
desees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes más
que Lepe.

--¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que
nones?

--¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar
la píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Tú
irás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecen
garrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en
desuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo
no escribo sino las cuentas.

--Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yo
te la iré dictando.

--Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antes
de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con
la almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo.
Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré,
aunque me pese, lo que tú me digas.

Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por mucho
que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y
aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo,.
según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su
trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y
verdadera historia, hemos de consignar aquí.

La carta decía como sigue:.

Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que
usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos
con toda el alma. La niña le quiere a usted mucho y le estima más;
pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone.
Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermón vestida
como una princesa,. para azuzar más en contra suya a la gente, que
ya deseaba morderla. Todo el lugar está ahora sublevado. Mal
remedio sería la boda. Aumentarían la sublevación y el motín. Su
Hija de usted se pondría a la cabeza. Nosotros no podríamos
resistir. Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte.
En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura.
Dice, por último, que ella no manda en su corazón, que la
diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de
amor, aunque le profesa la amistad más fina. Sería, pues, muy feo
de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer
su ambición o su vanidad casándose por cálculo,. y también sería muy
tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.

Lo mejor y lo más discreto es que ustedes no se casen y que nadie
sepa que ha dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si
aceptásemos la proposición de usted;. pero también nos odiará y nos
declarará más la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo
como que desdeñamos a su padre con infundada soberbia. Importa,
pues, ocultar todo esto.

Ahí devuelvo a usted su carta. Rásguela y rasgue la mía, a fin de
que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su
memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda
gratitud y mande a su afectísima amiga y constante servidora,
q.b.s.m.,

_Juana Gutiérrez_.

XXI.

Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de la
carta,. que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.

Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera
sido grande,. pero menor su estimación del valor de Juanita que el que
era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que
Juanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver que
ella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no le
amaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Paco
estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se
oponían a la boda y. que la hacían aparecer a toda juiciosa previsión
como fuente de disgustos y de males.

De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de
mortificación de amor propio por el desamor de Juanita;. de admiración y
aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño hacia
ella,. así por la noble franqueza con que exponía las causas que
justificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con que
procuraba suavizarlo.

Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y la
subsiguiente repulsa no llegaran a saberse,. y aunque no tuvo valor para
rasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardó
ambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.

Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a
Juanita,. o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta
tibieza,. a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas,
ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.

Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o
entibiar su fervorosa pasión,. resolvió no volver a poner los pies en
casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en
la plaza.

Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho
de la conversación de don Paco,. se afligía del aislamiento y deploraba
el sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma,
cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo y
la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo,. hacía repetidas
veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en el
siguiente soliloquio:

«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy a
tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco
juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor que
me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de
tonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar,
siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición,. aspirando a
ocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón.
Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate el
querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar
la envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía mi
súbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarme
antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña Inés
López de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.
Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yo
en casarme con él,. y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía,
otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué fin
recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces
en compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nos
daba la real gana,. sin atender a que somos pobres y a que la gana de los
pobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sin
hallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos.
Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocente
que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese y
hasta creyese de buena fe mil abominaciones,. excitada por esa chismosa
de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella,
sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de
mamá, y después,. que yo me había apoderado de los dos, de uno para el
gusto y del otro para el gasto,. y que yo me estaba comiendo las mil
chucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin par
chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doña
Inés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarse
conmigo,. porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos los
ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo,. para lo cual importa
que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo
me sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no le
daría hijos,. porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y de
Sara no se repite».

Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos,
discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba:

«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razón
y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Y
ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma,. no está bien
que me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oído
decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo
sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de
zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre
también de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada de
volver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales;. y
nada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no gane
posición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, para
tamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio:.
salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la
iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde,. con vestidito de
percal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia o
inocentemente he causado,. y hasta llegar a adquirir reputación de
santa».

Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada que
estaba, y luego proseguía:.

«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que
me complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!,
¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizá
sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no
escandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior he
de parecer como una beata pobre;. mas ¿por qué he de privarme del placer
de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que
Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de
lavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielos
santos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oí
contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces,
la indignación que le causó,. cuando servía en Córdoba a una marquesa, el
averiguar, estando él en la cocina,. que llevaban a dicha señora un
enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué harías
tú--le preguntó una chica--si tu mujer emplease también un lebrillo por
el estilo?" "Pues yo--contestó él--agarraría una vara y la pondría negra
a varazos, por indecente y por mantesona". Necesario es que yo haga un
misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y la
mayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he de
dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi
ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando
no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas
como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello
con el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta,. que, escondida
entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos,. no deja conocer
que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado
olor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recita
don Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba una
esclavina

que no valían un reale;
debajo llevaba otra
que valía una ciudade.»

Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus
melancolías y soltaba una carcajada.

--¿De qué te ríes, niña?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de
risa lo que nos está sucediendo.

--Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas
se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.

Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho,
sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.

Pasaron muchos meses.

El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas
más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo
remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí
mismo,. sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la
más repentina y milagrosa conversión,. deteniendo a aquella joven y
simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.