En
ese tiempo el joven atlético, moreno, con el pelo engominado y siempre
húmedo, que se paseaba leyendo en alta voz sus tratados de medicina, se había
transformado en un hombre ligeramente encorvado por el hábito de inclinarse
sobre las camas de los enfermos, con el cabello gris, un rostro grave y gruesos
lentes con montura metálica, pero básicamente era la misma persona.
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