Cuando Jaime conoció a Miguel, en un cafetín del barrio, toda su suspicacia no pudo impedir que una oleada de simpatía lo hiciera olvidar su antagonismo, porque el hombre que tenía al frente revolviendo nerviosamente su café no era el extremista petulante y matón que había esperado, sino un joven conmovido y tembloroso, que mientras explicaba los síntomas de la enfermedad de su hermana, luchaba contra las lágrimas que nublaban sus ojos.

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