Hacía mucho tiempo que no oía una orden en boca de un
civil y tuvo la tentación de llevarla al retén y dejarla pudriéndose en una celda,
bañada en su propia sangre, hasta que le rogara de rodillas, pero en su
profesión había aprendido la lección de que había otros mucho más poderosos
que él y que no podía darse el lujo de actuar con impunidad.
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