Ana Díaz, una estudiante que, como Miguel, llevaba la insignia del puño
alzado, hizo la observación de que eso sólo duele a las mujeres ricas, porque
las proletarias no se quejan ni cuando están pariendo, pero al ver que los
pantalones de Alba eran un charco y que estaba pálida como un moribundo,
fue a hablar con Sebastián Gómez.
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