—Clara... —murmuré sin pensar, y entonces sentí que caía una lágrima por
mi mejilla y luego otra y otra más, hasta que fue un torrente de llanto, un
tumulto de sollozos, un sofoco de nostalgias y de tristezas, que Tránsito Soto
reconoció sin dificultad, porque tenía una larga experiencia con las penas de
los hombres.
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