La observó
por un par de semanas y cuando estuvo segura del diagnóstico, llamó a Blanca
Trueba a su despacho y le explicó, en la forma más cortés que pudo, que la
niña escapaba por completo a los límites habituales de la formación británica y
le sugirió que la pusiera en un colegio de monjas españolas, donde tal vez
podrían dominar su imaginación lunática y corregir su pésima urbanidad.
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