Se dejó caer por sorpresa en el Instituto de su hijo,
con dos matones contratados para tal fin, que destrozaron a golpes el escaso
mobiliario y estuvieron a punto de hacer lo mismo con los pacíficos coetáneos,
hasta que el viejo, comprendiendo que una vez más se le había pasado la
mano, les ordenó detener la destrucción y que lo aguardaran afuera.
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