Después que los empleados de la
funeraria terminaron de colocar a Clara en su ataúd y de arreglar el salón como
capilla mortuoria, con cortinajes y crespones negros, cirios chorreados y un
altar improvisado sobre el piano, Jaime y Nicolás metieron en el ataúd la
cabeza de su abuela, que, ya no era más que un juguete amarillo con expresión
despavorida, para que descansara junto a su hija preferida.
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