Siguieron
luego depresiones horribles, ganas de morirme, manía religiosa, ansias
de anacoreta, y el delirio de la abnegación y el desprendimiento...
Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando,
y la razón, que estaba muerta, empezó a nacer, primero chiquitita, y
después creció tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro
hombre, señora.
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