Después le causaba pavor la visión figurada de los pies de Mauricia...
En la oscuridad, que surcaban rayas luminosas, veía las botas elegantes
y pequeñas de la difunta... Los pies se movían, el cuerpo se levantaba,
daba algunos pasos, iba hacia ella y le decía: «Fortunata, querida amiga
de mi alma, ¿no me conoces?
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