Mientras la chupaba, haciéndole un agujerito y apretándola como aprietan
los chicos la teta, a la señora de Rubín le pasó por el cerebro otra
ráfaga de aquel furor que determinó el acto de la mañana: «Tu marido es
mío y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te diré yo
si eres ángel o lo que eres... Tu marido es mío; me lo has robado...
como se puede robar un pañuelo.
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