Los sentimientos que desataban aquel raudal de lágrimas no eran
únicamente los producidos por la situación del momento; eran algo
antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el
despecho combinado con un vago deseo de ser buena, «sin poderlo
conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree».
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