Esta salió al pasillo, recibió de manos de Rossini la sagrada
imagen, y quitándole el pañuelo de seda que la envolvía, entró con ella
en la sala, pareciéndose mucho, en tal momento, a una verdadera santa
escapada del Año Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar,
que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del
pueblo.
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