La
infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doña
Guillermina, y más aún, con la proximidad de la muerte, estaba que
parecía otra, curada de sus maldades y arrepentida _en toda la extensión
de la palabra_, diciendo que se quería morir lo más católicamente
posible, y pidiendo perdón a todos con unos ayes y una religiosidad tan
fervientes que partían el corazón.
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