Apartó
el Crucifijo que está delante de la puerta del sagrario, alargó luego el
brazo; pero como no alcanzaba, alargábalo más y más, hasta que llegó a
dolerle mucho de tantos estirones... Por fin, gracias a Dios, pudo abrir
la puerta que sólo tocan las manos ungidas del sacerdote.
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