Como el pobre D. León
Pintado tenía que vivir de aquello, lo oía seriamente, y hacía que
tomaba muy en consideración aquellos pecados tan superfirolíticos que no
había cristiano que los comprendiera... Y la monja se ponía muy
compungida, diciendo que no lo volvería a hacer; y él, que era muy tuno,
decía que sí, que era preciso tener cuidado para otra vez, y que patatín
y que patatán... Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la más alta
aristocracia, que dejó riquezas y posición por meterse en aquella vida,
mujer pequeñita, no bien parecida, afable y cariñosa, muy aficionada a
hacerse querer de las jóvenes.
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