Eran ya
las nueve, y la tierra abrasaba; el aire no se movía; las estrellas
parecían más próximas según el fulgor vivísimo con que brillaban, y
veíase entre las grandes y medianas mayor número, al parecer, de las
pequeñitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido
sobre aquel azul intensísimo.
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