En aquel instante parecíale su dichoso novio más
antipático que nunca, y advirtió con miedo que aquellas regiones
magníficas de la hermosura del alma no habían sido descubiertas por
ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicolás
Rubín, a pesar de haber rezado tanto y de haber oído tantismos
sermones.
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