Pero la mujer aquella
con su aplastada cara japonesa, sabía mucho del mundo y de las pasiones
humanas, tenía el corazón rebosando tolerancia y caridad, y sostenía
esta tesis: que la privación absoluta de los apetitos alimentados por la
costumbre más o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar
la desesperación, y que para curar añejos defectos es conveniente
permitirlos de vez en cuando con mucha medida.
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