Porque ejercían indecible fascinación sobre el
observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y
febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la
pupila inquieta y ávida, mucho hueso en los pómulos, poca carne en las
mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada
terminando en flexiones enérgicas, y la expresión, en fin, soñadora y
melancólica.
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