Era Sor Natividad vizcaína, y tan
celosa por el aseo del convento que lo tenía siempre como tacita de
plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad,
ya estaba desatinada y fuera de sí, poniendo el grito en el Cielo como
si se tratara de una gran calamidad caída sobre el mundo, otro pecado
original o cosa así.
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