Pero no ocurrieron de
este modo las cosas, porque ningún transeúnte se fijó en el pecho
postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la
chiquilla se apresuró a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si
doña Lupe al entrar veía colgado del balcón aquel acusador de su
defecto, se había de poner hecha una fiera, y sería capaz de cortarle a
su criada _las dos cosas de verdad_ que pensaba tener.
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